Discos, Reseñas

Reseña ‘Murcia del Carmen’ – “Transgresión y costumbrismo a la vuelta de la esquina”

Hace apenas un año tuvo lugar la presentación de un debut en solitario llamado “Las crisis del yo burgués”. Con aquél doble trabajo Ángel Calvo, un artista tan peculiar como prolífico, iniciaba una nueva odisea en esto de la composición musical con el único acompañamiento de sus dos fieles escuderos: guitarra acústica y armónica. Un disco de autor cuya familiaridad y autenticidad imprimían un cariz seductor, surgido de la singularidad y, por ende, de la ausencia de competidor.

Tras ello, a principio de mes, Ángel (guitarra y voz), Pedro David (bajo), Rafa (batería) y Juan Antonio (guitarra) nos mostraron la evolución de 9 de esos temas incluidos en dicho primer disco, de los cuales ya se podía intuir su inusitado potencial. De modo que esta formación pasó a denominarse Los Trenes de Larga Distancia, y su trabajo Murcia del Carmen (toda una declaración de intenciones).

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Como comentaba anteriormente, lo atrayente de la propuesta radica principalmente en la explotación de un nicho de canción poco frecuente, en progresivo desuso. Relegado, incluso. Y, cuyo aprovechamiento supone una estrategia de riesgo. Mas es evidente que esa migración hacia las raíces, hacia espectros musicales exentos de predación no son producto de cálculos trimestrales ni premeditación. De hecho, esta apuesta me evoca inconscientemente a la última metamorfosis de Enric Montefusco, plasmada en su disco “Meridiana”. En cuanto al acercamiento de una banda a la música popular, al folclore y su rama social. En cuanto a la sencillez y cercanía que ambas propuestas destilan. En cuanto a sonidos y melodías de fácil asimilación, en las que se muestran conjugadas noción y emoción. En cuanto a la búsqueda, a través de acorde y cadencia, del ansiado sentimiento de pertenencia. Antítesis de la modernidad por excelencia, pues tu naturaleza cosmopolita ya no alberga para el hogar cabida. ¡Qué osadía! ¿Acaso no sabías que una emoción así de tu libre albedrío te privaría? Ve, corre al centro, a poder ser en la capital, deja gustoso todo el sueldo en tu ínfimo hostal. Ve, así vivirás o, por lo menos, ellos lo creerán al ver tu genial historia de Instagram.

Desde el minuto uno se exhibe sin complejos la dinámica que adoptará el disco. Pues “Sito en ti” arranca con un ademán de redoble de tambor en procesión que, a la postre, virará hacia un compás de Jota rejuvenecida que reluce con la inocencia pubescente de la lozanía. Aceleración, frescor estival y agua clorada componen la receta de “La Socorrista”. Un mejunje reconfortante que, junto a “Todo lo que quiero saber de Italia” y “El Donante”, abanderan el cautivador aroma costumbrista y orgánico que impregna este trabajo. Herramienta empleada para tratar el amor platónico (para los más apasionados) o, en su defecto, el encaprichamiento (para los reacios a la grandilocuencia) desde la cotidianidad, lo cual aporta un matiz de ironía autodestructiva ante la imposibilidad manifiesta y asimilada de consumar ese amor por el protagonista de la tragicomedia. De este modo, cada historieta supone algo así como una epopeya frustrada, abocada al desastre y cuidada diligentemente en detalles intrascendentes que le confieren gran veracidad. Esa naturalidad que absorbe, identifica y te dibuja una ligera sonrisa. Sin medias tintas ni piedad, una honesta oda a la fatalidad.

No quiero hablar de géneros musicales, no quiero encasillar su sonido dentro de un término concreto, sería algo absurdo porque, si de algo pueden presumir estas nueve canciones, es de su transgresión, de su descaro desplegado sin corsé ni freno de mano.

“Y que digo tantas cursiladas que la sangre se me ha transformado en mermelada”. Ciertamente, Ángel. Esta sentencia podría ser definitoria para las tres siguientes canciones. De nuevo, el romance o, mejor dicho, el desamor entusiasta se erige como eje temático de la trilogía, en la que destaca el contraste entre el contenido lírico resignado y una instrumentación vivaz, candente y tenaz. Quizá se deba a la concepción del declive y el desvanecimiento como parte o versión última del amor y que, por tanto, continua albergando ese aura vehemente y enardecedor. A priori, la consigna inicial puede despertar suspicacias (incluida la mía), al cabo de unas escuchas cambie mi perspectiva y comprendí que realmente resalta del remitente su honestidad imperante, la ausencia de alarde o pretensión rimbombante. “A cara perro”, coloquialmente. Sin duda, “A la vez” es cristalino reflejo de la ganancia en convicción del cantautor tras la ferroviaria coalición.

Esta alianza, esta unión forjada en Bullas con las migas, el Sol y el calor como “férreos testigos” le ha conferido al proyecto grandes dosis de energía, armonía y destreza. Dichas cualidades han sido aunadas e hilvanadas en un sonido heterogéneo y multidisciplinar que deambula por senderos tan dispares como el Folk, el Pop, Rock, la Jota o, por momentos, el Bolero (Sí, soy consciente de lo que dije, pero “es tan difícil ser diferente que prefiero ser comunal y turgente”). Se podría decir que Los Trenes de Larga Distancia recibieron el germen, la semilla y, a partir de ahí, han conseguido diseñar una gabardina tejida a medida  para ese esqueleto desnudo al que le alcanzó, desprovisto, el cambio de estación. En este caso, al tratarse de Murcia y ante la inutilidad del sayo, podría decir, en su defecto, que le cosieron la rebeca de entretiempo.

Vaya, y “yo que huía de los tópicos y di con todos”… Una vez consumado el fallo, ahondaré en mi contradicción afirmando que “Cómo decirte adiós”  callejea por Trapería, cruza la bóveda hacia el Romea, pasea por Glorieta a mediodía y, en cualquier plaza, en cualquier cervecería, se afianza y descansa.

A pesar de concluir mostrando su cara más compacta con un hit intenso y vigoroso, en líneas generales el disco mantiene la estructura y esencia intimista de la obra de autor. Por momentos trovador refinado, en otros, asimétrico y atropellado, con sencillez y desparpajo. Y, aunque no sé si es cuestión de un Re menor y un Sol, sí que han dado con la fórmula de la buena canción. “Y eso ya es mucho saber”…

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