Crónicas, Festivales

Low Festival Viernes 28 – Más pixiestas que los Pixies

Lo reconozco, os he mentido. Realmente nuestro paso por Benidorm con motivo de esta edición del Low Festival (la segunda para servidor y un par más de los allí presentes) comenzó un día antes, en el que nos dedicamos a instalarnos sin prisa ninguna en el Camping Armanello. A instalarnos y a beber, claro. Y todo ello intentando que no nos echasen del camping durante la primera noche. Mientras la mitad de nuestra gente iba a los conciertos de bienvenida en la playa (reconozco que me quedé con ganas de ver a Rusos Blancos), nosotros nos quedamos inaugurando un par de botellas de whisky y escuchando trap y música nacionalista gallega a un volumen que no acababa de convencer a la seguridad del camping.

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Ambiente escenario Jägermusic (fotografía oficial del Low Festival por Diego Garnés)

Fue al día siguiente (ahora sí, viernes 28) cuando el festival dio el escopetazo de salida. Pero nosotros tampoco llevábamos mucha prisa. Obviando el hecho de que era el día más flojo del festival (los Pixies me perdonen), por experiencias pasadas, sabíamos que no era la mejor idea estar allí demasiado pronto. Así que nos acercamos directamente a ver a Kokoshca, abriéndonos paso, ya de noche, hasta el escenario Wiko. La joven formación abre el concierto con Mi Consentido, y pese al hecho de que quien no baila es porque no quiere, se echa en falta algo más de desmelene en la actitud de los miembros del grupo, quienes sin embargo bordan todos los temas del setlist, incluyendo Serengueti y la coreada El Escultor.

Tras el buen rato que pasamos, nos dirigimos, como quien va a misa a con 9 años (por lo de obligados), a por la cita grande del festival. Eso, sí, también sin prisa. Después de ser adelantados por los que más ganas tienen de ver a los magnificentes Pixies, mi acompañante (Coy, al que me dirigiré como RTP en las siguientes líneas), andamos con parsimonia viendo la marea que se está formando a nuestro alrededor. No estamos muy por la labor de ser una cabeza más en ese océano de variopintos cabellos, así que decidimos quedarnos en las gradas. Ahí, suponíamos, podríamos disfrutar del concierto tranquilamente desde la distancia, sin molestar a nadie con nuestra irrespuetuosa actitud. Pero nada más lejos de la realidad, pues no solo se supone que estábamos obligados a conocer y venerar a los de Boston, sino también a guardar sacro silencio mientras tocan, ante los estufidos y el patente malestar de algunas personas presentes en la grada con nosotros. Aún así, no podemos tomarnos en serio la surrealista petición de silencio que recibimos en medio de un festival, y RTP y yo seguimos con nuestra charla. ¿Debería disculparme por no saber apreciar la magnificencia de un grupo de tal importancia? Tengo 20 cortos años. ¿Debería disculparme por no haber escuchado a los Pixies durante mi infancia? Yo he crecido con Melendi por un lado y con Mike Oldfield por el otro, y puedo decir que estoy muy orgulloso de lo que soy. He crecido sin los Pixies. Eso sí, sé apreciar el calibre y la repercusión de un grupo internacional como este, y se notan a la legua los años y los miles de escenarios llenos que llevan a la espalda. Pero no me hace gracia que me manden callar en medio de un festival, como si interrumpiésemos los oficios en un templo oficiados por el mismísimo Papa. Escuchados por gente más papista que el Papa. Y de verdad que siento no poder hablar más sobre los Pixies. Sólo conozco Where Is My Mind, cuya icónica guitarra introductoria escuchamos mientras empezamos a abandonar la grada, antes de que el escenario se vacíe.

Tras reunirnos con el resto del grupo, nos acercamos al escenario Matusalem para echar unos agradables bailes con Roosevelt. Ofrecen una música de baile realmente atractiva, interpretada con instrumentos (lo que la hace más meritosa mi juicio, al no limitarse a reproducir bases pregrabadas), acompañada de una voz que se parece, y mucho en ocasiones, a la del frontman de Foals.

La siguiente cita del día será con La Casa Azul, formación liderada por el archiconocido y prácticamente omnipresente Guille Milkyway, por lo que acudimos al escenario principal con bastantes expectativas, las cuales se vieron mayoritariamente satisfechas, si no fuera por el hecho de que el mencionado intérprete no consiguió medir del todo bien los tiempos. Porque pese a que sea total e irremediablemente inevitable evitar bailar con temas como Podría Ser Peor o Todas Tus Amigas, hubo momentos en que el ritmo cayó de manera abrupta durante la segunda mitad del concierto, y el público con él. Remontando al final, eso sí, con La Revolución Sexual, el tema emblemático de la casa.

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Biznaga (fotografía oficial del Low Festival por Javier Rosa)

Biznaga era lo que quedaba por tachar de la lista ese día, así que ponemos rumbo al escenario Wiko, donde empezamos la jornada. Intentando reunir energías para lo que estábamos a punto de presenciar, porque la que montaron los madrileños en un momento es digno de admiración. Y es que con los ritmos frenéticos del batería, que más que humano parece un incontrolable animal salvaje, las ollas en el pequeño escenario se forman casi instantáneamente. Fiebre. Fiebre. Fiebre. Nigredo. La voz es totalmente desgarradora, las guitarras resuenan como truenos. Y a la que se dan cuenta, se les acaba el tiempo. Una Ciudad Cualquiera y Mediocridad y Confort suenan enlazadas. Ya ha pasado la tormenta por Benidorm.

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