Crónicas, Festivales

Alburquerque, un paraje singular (Capítulo 1: Galaxina y El Imperio eclipsan la jornada)

Tras nueve horas de coche y un desconcertante y fortuito paso por Toledo conseguimos, tomando el castillo de Luna como referencia, llegar a Alburquerque. A pesar de ser víctimas del llamado “síndrome de la clase turista”, las piernas entumecidas no consiguen empañar el júbilo que sentimos al tumbarnos en el anhelado camping. Un inesperado frío polar me hace evocar una de aquellas célebres frases de abuela, tal como “llévate una rebequita que por la noche refresca”, cuánta razón tenías y yo qué descarado por no hacerte caso.

Una vez con todo organizado, partimos hacia el pueblo donde se celebraría la primera jornada del festival. Nos sorprendimos al ver la Plaza de España abarrotada en torno a un pequeño escenario, en el cual De Viaje eran los encargados de endulzar el ambiente con su estético y pulido techno pop amoroso, al son de temas como “Quiero repetir” o “Te doy mi corazón”, además de una versión final de “Segundo Premio”. Mientras esto sucedía, decidimos realizar una parada en el bar de la plaza para reponer fuerzas. Sin previo aviso, el contoneo tímido y ligero del público se tornó en desinhibición a base de brincos y bailes con la llegada de Detergente Líquido. Pues su pop cotidiano y sarcástico sonaba mucho más enérgico en vivo. Fue el turno de “Poesía eres tú, Robocop” y la plaza vitoreó aquella sentida, e irónica por el contexto, frase de “No me gusta bailar” que hizo desvanecer cualquier complejo e incitó al frenesí. Sin duda, el momento álgido de una noche que llegaba a su fin, los más de setecientos kilómetros nos acabaron pasando factura. Aunque no partimos sin antes haber escuchado su versión de “Himno generacional #83”.

Viernes. Amanecimos observando el reflejo de venerados rayos de luz absorbidos por la tela de nuestras tiendas, permitiendo así el aporte de energía en forma de gratificante calor. Tras una gélida noche, la programación nos recompensaba con una serie de acústicos en la piscina municipal de Alburquerque. Incluso, la ausencia de Tórtel a causa de su recién estrenada paternidad (desde aquí nuestra más sincera enhorabuena) fue suplida con habilidad y premura, pues El Buen Hijo cubrió la baja con excelencia. Su sonido limpio, su frescura y su ingeniosa prosa permitieron crear un ambiente distendido y melódico e impidieron cualquier intención de permanecer tumbado en el césped. ¡Qué insolencia! Ni los nervios de excitación de la formación ni la ausencia de uno de los guitarristas nos privó, al término de la actuación, de exclamar jubilosos: “¡Viva la vida y el pop, y las historias llenas de ciencia ficción!”. A continuación, tomó el testigo Guille de La Casa Azul. El cual dejó a un lado los alardes electrónicos para resguardarse, únicamente, tras un piano y un acompañamiento de guitarra, lo que le permitió mostrar una vertiente más íntima y armoniosa de sus temas más cotizados, intercalados con alguna rareza poco habitual en sus sesiones. El acto concluyó con un “Todas tus amigas” aclamado por unanimidad.

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El Buen Hijo. Fotografía de la organización.

Tras una tarde relajada y reconfortante de acústicos y piscina, con la llegada del ocaso empezábamos a sentir apetencia por el nervio y la rabia que estaban a punto de ofrecernos los dos primeros grupos, quienes estrenarían el escenario Paseo de las Laderas.

Puesto que los acústicos se alargaron más de lo previsto, no nos quedó margen para acudir al recinto con calma. De modo que, sin pensarlo dos veces, emprendimos el viaje en sprint, en ningún momento nos planteamos otra posibilidad, ya que se trataba de dos de los grupos que catalogamos como imprescindibles para este festival y todo lo que fuese llegar tarde estaba descartado. Con el corazón presionando con vehemencia contra el pecho e hiperventilando, conseguimos ascender la ladera y tomar la primera fila, algo que no resultó difícil puesto que el público se situó a varios metros del escenario sin motivo aparente. Mejor, pensamos.

Los almerienses Galaxina fueron los primeros en enfundarse los instrumentos. Fue algo sencillo, natural y espontáneo. Su sonido envolvente, denso, abrumador y, por momentos, erótico nos embaucó, sin pedir permiso se apoderó de nuestros movimientos. Un sonido cargado de luces y sombras, tan nítido y esclarecedor como confuso, a la vez balsámico y perturbador. La banda supo transportar al directo, con maestría, el universo de matices y atmósferas que conforman su primer LP Evasión y Victoria (2016). Ésto lo consiguieron combinando a la perfección sus temas más sensoriales, de ritmo lento, y nutridos de riffs afilados e hirientes cual agujas (“Lejos de ninguna parte”), con otros más asociados al rock psicodélico y de mayor contundencia (“Cometa”). En resumen, les pedíamos “sólo una razón que me pueda convencer” y acabamos aturdidos de placer. Sin duda, uno de los mejores directos del festival, en el que incluyeron su versión de “La máquina de escribir” de Los Planetas.

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Galaxina. Fotografía de la organización

Mas los miembros de El Imperio del Perro no se quedaron atrás en este aspecto, ni mucho menos, y se alzaron con cierta facilidad y soltura hacia lo más alto del cartel. A pesar de que el ambiente no era para nada esperanzador: numerosas lagunas y un público distante y contemplativo. Otros grupos podrían haber decaído al observar la escena, pero estos sevillanos están curtidos en mil salas y estaban decididos a poner todas sus cartas sobre el tablero. Así lo hicieron, pues después de casi desfallecer en Galaxina, la potencia de la banda andaluza entró como una dosis intravenosa de combustible, en ese momento todo comenzó a carburar. Quedó constatado el viernes que ellos son algo así como hooligans del brit-pop, con alma rockera. En directo trascienden más allá de la mera interpretación de un setlist, derrochan tal cantidad de rabia y nervio que acaban impregnándote hasta la médula, de modo que se hace casi imposible mantener la compostura. Esta pasión y franqueza se complementa con letras incisivas y agresivas, que evocan imágenes perturbadoras como en “Buitres”, aún revolotean en nuestra sien los “veintidós buitres”. No les falta repertorio, pues pueden transitar en un mismo concierto desde la frustración punk con riff apoteósico incluido hasta temas de instrumentación más etérea y frases lapidarias, “Os odio a todos”. Los sevillanos se atrevieron con una versión de “Cumpleaños total”, una canción que les fue como anillo al dedo.

Además, tuvimos la suerte de poder conversar con uno de los integrantes de la banda en un entorno informal post festival. Tras ello, pudimos cerciorarnos de que son amantes de la música como todos nosotros y transparentes como el agua, les encanta crear un vínculo cercano con sus seguidores y recoger las impresiones sin intermediarios. Con todo, nos llevamos alguna recomendación musical que tendremos muy en cuenta.

El siguiente grupo en desfilar por el escenario del recinto fue Supertennis. Uno de los más esperados por el público natal de Alburquerque, puesto que se trata del conjunto bandera de la tierra pacense dentro de la “escena”. La banda desplegó con soltura su pop guitarrero y eléctrico. Variando entre canciones lentas y melódicas como “Mañana” o “Prisas” y otras vertiginosas y dinámicas como “Nada que perder”. Los extremeños se decantaron por versionar “Qué puedo hacer”. Con total seguridad podemos afirmar que el momento cumbre del concierto fue “Ruido”, una canción con pegada que incita a “bailar hasta la muerte”. Aún así, no fue una actuación épica, ni mucho menos. En nuestra opinión, les sobrepasaron las expectativas en torno a su recién estrenado disco, quizá expectativas “autoinfundadas” al escuchar el convincente LP.

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Supertennis. Fotografía de la organización.

A continuación, era el turno de la banda liderada por Miguel Rivera. El concierto de Maga estaba marcado en rojo en nuestro horario puesto que, como comentamos en la previa, se trata de uno de esos grupos que hay que ver, al menos, una vez en la vida. Esta fue nuestra oportunidad, hasta entonces no habíamos coincidido con los sevillanos. Hemos de reconocer que es harto difícil resistirse a la voz angelical de Miguel cuando te susurra desde primera fila. Una voz que, en ocasiones te mece a modo de brisa marina hasta envolverte y, en otras, te zarandea violentamente el alma como si de un viento huracanado se tratase. Más irresistible si cabe cuando suenan “Silencio”, “Diecinueve” o versionan “Segundo premio” de Los Planetas. Su último disco Salto Horizontal (2017) copó gran parte de la actuación, un trabajo que en directo sonó con una instrumentación más potente y solvente de lo que esperábamos. Personalmente, muy pocos fueron los momentos en los que me sentí fuera del concierto por no ser fiel seguidor de la banda y no conocer sus letras. Esto último siempre es algo positivo. Entre las canciones del último largo que más entusiasmo (y alguna que otra lágrima) generaron, se encuentran “Cuando nadie me escriba”, “Báltico”, “Por las tardes en el frío de las tiendas” o “Juego”.

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Maga. Fotografía de la organización.

No había tregua musical, el único descanso posible eran los 15 minutos entre concierto y concierto, descanso que aprovechamos para hacer uso de los económicos puestos de comida y bebida del recinto y sus alrededores, pues hemos de destacar la comodidad con la que se vivían las actuaciones, sin agobios, sin prisas, sin empujones. Podíamos realizar una serie de movimientos espasmódicos, a los que denominamos erróneamente como baile, sin preocuparnos de no tirarle la cerveza a nadie.

Con el vaso de cerveza recargado y el estómago satisfecho nos disponemos a disfrutar de uno de nuestros paisanos presentes en el cartel. Se trata de Viva Suecia. A diferencia de Maga, a esta banda hemos tenido el placer de verla en directo varias veces. Por ello, nos atrevemos a decir que el del Contempopránea fue un concierto atípico, precipitado. Las canciones se sucedieron de manera acelerada e, incluso, atropellada, no parecía el curso natural de un concierto de los murcianos. Lo que provocó que no fuese una de sus mejores actuaciones, sin duda. Independientemente de esto, mantuvieron buenos registros de distorsión y cadencia en sus guitarras y un sonido compacto, estruendoso y saturado, que son señas de identidad inequívocas del grupo. De igual manera, complacieron las demandas de los allí presentes con un setlist de “hits” tanto del reciente LP (“Hemos ganado tiempo”, “A dónde ir” o “El nudo y la esperanza” entre otros) como de su primer trabajo (“Bien por ti”, “Permiso o perdón” o “Los años”). Quizá fue esto, junto con su versión de “Santos que yo te pinté”, lo que les salvó de la quema.

El flujo de gente era creciente, el escenario principal empezaba a colapsar, algo grande se avecinaba. En efecto, La Casa Azul estaba a punto de poner en pie a todo Alburquerque. Tras su actuación en acústico, esta vez era el turno de su versión electrónica y bailable. El show empezó de forma dinámica con temas movidos y conocidos (“La fiesta universal” o “Esta noche sólo cantan para mí”), con un Guille Milkway ataviado, en esta ocasión, con su singular “piano-guitar”. Especialmente llamativa fue la puesta en escena, debido a la iluminación que ésta incluía, una especie de muro formado por cubos luminosos que componían imágenes y juegos de luces, los cuales dieron el toque retro inherente a la música de La Casa Azul. Todo fluía correctamente y el público estaba entregado, hasta que decidieron interpretar un par de canciones pausadas y con acompañamiento de piano. En esos momentos entre temas, se crearon silencios y esperas demasiado prolongadas que pudieron sacar de situación a algunos. A causa de esto el concierto se extendió más de lo esperado y resultó, por momentos, tedioso. Todo lo anterior resultaría anecdótico pues la actuación concluyó con una ristra de clásicos que dejaron un gran sabor de boca a los presentes (“¿Qué se siente al ser tan joven?”, “Los chicos hoy saltarán a la pista”, “La revolución sexual” y una entretenida versión de “Mi hermana pequeña”)

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La Casa Azul. Fotografía de la organización.

Una vez despejado el recinto, los madrileños Lecciones de Vuelo salieron a escena. Tras lo anterior, era necesario aumentar la cadencia para mantenernos en pie, y así lo hicieron. De este modo, desplegaron un power pop de picos y cambios de intensidad enérgicos y estimulantes. Cumplieron su rol sin mayor pretensión. Los madrileños dieron paso a Las Odio, un concierto que empezó con mal pie desde el arranque y así continuaría hasta la conclusión. Suponemos que una mala afinación de alguno de los instrumentos les obligó a abandonar el escenario durante casi diez minutos al poco de comenzar. Al regresar, prosiguieron con la interrumpida “Blackout” para mostrar un sonido caótico y, a veces, embarrado, acompañado de algún berrido esporádico, disimulado con toques de pandereta. La estupefacción era patente en el ambiente. Sinceramente, esperamos que esto fuese causado por un problema técnico o un mal día, y que no sea la tónica habitual del cuarteto, pues aguantamos expresamente para escucharlas ya que es un grupo por el que tenemos afición.

Esta sensación agridulce no empañaría lo que, a fin de cuentas, fue una estupenda jornada de conciertos, vigorosa, sensorial y extenuante.

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